Isla sin vírgenes

Durante muchos años, el volcán de la isla estuvo tranquilo, a lo sumo tiraba un poco de humo por algún hueco en la ladera de la montaña, pero nada más.

De todos modos, los ancianos de la aldea contaban que sus abuelos les habían relatado que los abuelos de estos habían visto enfurecer la montaña y escupir ríos de fuego y arrasar con todo lo que encontraba. Sólo algunos de sus antepasados lograron sobrevivir para reconstruir lo que ahora existía.

Saciado su hambre, el dios del volcán, que velaba por la isla y sus habitantes, volvía a descansar durante años, hasta que le entraba apetito nuevamente.

Y los tipos vieron que cuando el volcán entraba en erupción, los que peor la pasaban eran quienes se encontraban en desventaja, físicamente hablando, como mujeres, niños y ancianos.

Los ancianos, que habrán sido débiles de cuerpo, pero muy vivos como para haber sobrevivido hasta su edad, deben haber dicho algo como “el dios del volcán requiere de nuestro sacrificio. Observen a quiénes prefiere llevarse. No, los viejos morimos porque nos llega el tiempo de dejar lugar a los demás. Recuerden que los ancianos somos los portadores del saber y quienes comprendemos las conductas de Cacho (así llamaban al volcán), no querrán quedarse desamparados sin saber qué hacer cuando la montaña vuelva a enfurecer”.

De ese modo, deduciendo rápidamente mujer+niño=mujer joven, decidieron, por un lado, que los viejos eran insacrificables y por el otro, que el dios que se manifestaba a través del volcán era, además de iracundo, bastante picarón, le gustaban las jovencitas. Y si estas eran vírgenes, mucho mejor.

Listo, vamos a entregarle las chicas lindas a la montaña, una pena pero bueno, todo sea por la supervivencia de la aldea.

-Ok, cómo se hace la ofrenda, una minita por día?
-No boludo! Somos una aldea de dos mil habitantes, si le damos a todas las chicas, vamos a desaparecer más rápido que si el volcán nos explota en la cara. Yo diría que con una por año estamos.
-Bien, y en qué fecha se la llevamos?
-Humm…en invierno hace mucho frío, hay nieve y no creo que la piba se queme rápido. En verano está imposible subir con todo el sol pegando en la cabeza durante el ascenso…mejor en invierno u otoño. Qué te parece?
-Me parece perfecto, total, no soy yo el que va a tener que subir. La mandemos en primavera, que es época de renacimiento, cuando florecen las plantas y todo eso.
-Listo, y hacemos una fiesta en honor al volcán, donde elegimos a la más linda, de paso vemos un poco de culos.

Y fue lo que hicieron durante décadas para mantener aplacada la furia de la montaña. Todos los años, llegado el día de la primavera, elegían a su reina, a quien “premiaban” con un pasaje de ida y visita guiada a la cima, donde era entregada al dios volcán.

Año tras año, las chicas eran vestidas y arregladas con sus mejores galas para la elección, y, nerviosamente, desfilaban ante la atenta mirada de los viejos depravados que votaban por la más apetecible, de acuerdo a su criterio, que era también el del dios de la isla, que se comunicaba con la aldea a través suyo, obvio.

Pero, no por nada, la mujer es el ser más perfecto de la creación, y no sólo en belleza supera a su par masculino, sino que su astucia es mayor, quizás a modo de compensación por la diferencia física (que dicho sea, es menor en comparación con la viveza de las damas). Prueba de ello, fue el plan espontáneo urdido por las féminas, que, cansadas de no saber si pasarían de la siguiente primavera, decidieron que si había que sacrificar algo, que sea la virginidad.

Los ancianos vieron esto y decidieron aislar a las mujeres candidatas hasta el día del sacrificio, no sea cosa que se queden sin su cuota anual de sacrificio.

Pero las mujeres no se iban a quedar en el molde, así que aprovechaban la fiesta de primavera, mientras los viejos se preparaban para la elección de su reina del volcán, para eliminarse de la lista de candidatas al cetro. “A la mierda el volcán, que se busque a otra” y entregaban su tesoro al primer gil que estuviera dispuesto a recibirlo.

De este modo llegaban al momento de la elección sin chicas elegibles, lo que pasó una vez, dos, tres…hasta que los viejos de la aldea se dieron por vencido y decidieron dedicarse a la paja rezarle al volcán para que no los engullera.

Esto funcionó durante un tiempo, pero el volcán era también anciano, mucho más antiguo que los habitantes de la isla, y se había acostumbrado a las chicas vírgenes.

Supremacía keniata

Comentando sobre la proximidad de los Juegos Olímpicos, en el grupo de Whatsapp de running nos sorprendíamos con la noticia de que en Kenia, al menos 400 atletas habían hecho marca clasificatoria para correr el maratón en Río.

Acá, en Argentina, estamos celebrando que por primera vez en la historia tenemos cupo completo de participantes para la máxima distancia, con tres representantes mujeres y tres hombres, que la debieron pelear y mucho. Algunos tuvieron que hacer más de un intento para conseguir el tiempo clasificatorio.

Más allá de los seis maratonistas clasificados, quedan algunos con nivel suficiente que no alcanzaron la marca por poco, pero no son tantos. Sin exagerar, ni menospreciar el potencial de corredores del país, no creo que tengamos más de 15 o 20 en estos momentos con posibilidades reales de pelear una marca olímpica. De hecho, quedaron afuera de los Juegos apenas un par de nombres, que intentaron conseguir el tiempo hasta la última competencia clasificatoria.

No es un secreto que Kenia, Etiopía y no muchos más sean los países dominantes en cuanto a competencias de pedestrismo en larga distancia. Alcanza con ver los primeros puestos de cualquier maratón o competencia importante para darse cuenta de la supremacía keniata.

Y si los nombres no les dicen nada, hagamos un pequeño repaso de las cinco mejores marcas actuales en 42 kilómetros:

  • 2:02:57 – Dennis Kimetto
  • 2:03:05 – Eliud Kipchoge
  • 2:03:13 – Emmanuel Mutai
  • 2:03:23 – Wilson Kipsang
  • 2:03:38 – Patrick Makau

Todos de Kenia.

Entre las mujeres la cosa está más dividida:

  • 2:15:25 – Paula Radclife (Gran Bretaña)
  • 2:18:37 – Mary Keitany (Kenia)
  • 2:18:47 – Catherine Ndereba (Kenia)
  • 2:18:58 – Tiki Gelana (Etiopía)
  • 2:19:12 – Mizuki Noguchi (Japón)

A diferencia de los hombres, entre las cinco mejores marcas históricas femeninas en la distancia, hay “sólo” dos keniatas.

Lindo equipoAhora veamos el equipo que presentará Kenia para Río:

Damas: Jemima Sumgong, Helah Kiprop  y Visiline Jepkesho. Suplentes: Mary Keitany y Florence Kiplagat.

Caballeros: Eliud Kipchoge, Stanley Biwott y Wesley Korir. Suplentes: Cyprian Kotut y Bernard Kipyego.

Todos con pergaminos más que suficientes, especialmente Kipchoge, el mejor maratonista de la actualidad (ganó casi todo lo que corrió, quedando segundo en la única oportunidad que no pudo coronarse) pero llama la atención que corredores que se encuentran entre los más rápidos de la historia no figuren en la lista final, o lo hagan como suplente, como Keitany.

Es verdad también, que muchos atletas se preparan para correr alguna Major, como Berlín (a fines de septiembre), donde pueden llegar a batir algún récord o conseguir un premio monetario importante.

Lo cierto es que tienen corredores de sobra, tanto así como para guardar algunas de sus figuras y campeones de grandes maratones, sin por ello decaer el nivel de sus representantes olímpicos.

Habrá que verlos volar dentro de un mes en Río, mientras alentamos a nuestros compatriotas, que bien pueden dar la sorpresa.

Después de todo, no sería la primera vez que un argentino supere a corredores keniatas, ante el asombro de propios y extraños, para alzarse con el premio mayor.

Ciclos

Los que tenemos miles de intereses y sólo una vida, solemos renegar del poco tiempo que hay para aprender o practicar algo que nos gusta.

Por eso, no queda otra que hacerlo por turnos, aunque estos lleven varios días, meses o años.

Y, aunque así parezca, no lo digo a modo de justificación por estar retomando el blog luego de tanto tiempo…bueno, un poquito sí, pero la principal razón de la reflexión anterior es algo que me pasó durante el fin de semana largo y continúa en estos días.

Aprovechando los días de descanso, Inés tuvo una idea brillante: tirar un poco de las porquerías que tenemos acumuladas en la casa. Así que nos pusimos en la tarea de abrir cajas y bolsas llenas de tierra, revisar su contenido y decidir si valía la pena seguir conservando o desprenderse de ello.

Me vi repasando la historia de mi vida desde dos décadas atrás, pasando por los años de la universidad, alguna incursión en el ajedrez, astronomía, unos pocos escritos de mi época literaria (?) y muchísmos recuerdos de cuando estábamos de novios con Inés.

Debo confesar que me costó mucho más de lo que pensaba despedirme de algunas cosas, que en realidad no utilizo desde hace años y no las necesito, pero el saber que ya no van a estar me da una sensación extraña. No es nostalgia ni tristeza, pero algo similar, con un toque de temor.

Entre las cosas que tiré y me dolió bastante, estaba mi primer notebook, que compré más o menos cuando comenzaba con este blog en Blogger (blogspot) hace como diez años. La pobre ya no daba más, la batería estaba completamente agotada (no la tiré en la basura, sino que se la quité para llevar a un sitio que recoge pilas y baterías), la pantalla parpadeaba, el touch ya no respondía, tenía rayones por todos lados pero seguía en casa, no sé bien para qué, pero estaba.

Así como me cuesta desprenderme muchas cosas viejas, me encanta sumarme a otras nuevas, hace unos años fue la fotografía, desde hace tres estoy corriendo, supongo que en algún momento será algo más lo que ocupe el centro de mi interés.

Lo cierto es que lo aprendido y vivido antes no se puede descartar, es lo que me trajo hasta acá, a interesarme en esto que hoy me gusta más que nada. Por eso, aunque sea muy de vez en cuando, es lindo retomar lo de antes, regresar un ratito al pasado, recordar el camino transitado y prometerse volver.

Mi primer maratón

Km 41No recuerdo la fecha exacta, pero hace aproximadamente dos años que me puse las zapatillas para salir a correr por primera vez.

Desde ese momento hasta ahora mi vida ha cambiado muchísimo, y no solo en lo deportivo, ya que aquello que comenzó como un medio para bajar de peso se convirtió al poco tiempo en la mayor de mis pasiones.

Cuando alguien comienza a correr, por lo general lo hace por la misma razón que yo lo hice, o bien porque se lo recomendaron, porque le gustó la idea, para acompañar a alguien más, etc., pero lo cierto es que al inicio de esta actividad, nadie se ve corriendo 42 kilómetros, ni es ese su objetivo, porque parece una locura.

No los voy a aburrir volviendo contar mi camino hasta acá, sólo diré que en julio del año pasado, un mes después de mi gran objetivo, que fueron los 21k de Nike en Buenos Aires, había quedado medio bajón, entrenando solo (como siempre hasta ese momento), sin ninguna meta en el horizonte, ya que las carreras no me parecían gran cosa, había corrido tres y solo la última fue planificada y preparada.

Así fue que gracias a una amiga, descubrí un grupo de running, con un entrenador del que conocía sus antecedentes y decidí acercarme a ver qué tal pintaba la cosa. Fue una de las mejores decisiones que haya tomado, entrenar en grupo, con este grupo, te cambia la vida. Desde el entrenador, que es una bestia, hasta los amigos que uno se hace al compartir sangre, sudor y lágrimas.

Recuerdo que al ingresar al equipo, una de las cosas que te preguntan es por qué quiere entrenar, cuál es el objetivo personal de cada uno. En mi caso eran dos: quería bajar los 50 minutos en 10k y poder correr en algún momento los 42k del maratón de calle.

El primero lo conseguí dos meses y medio después de comenzar a entrenar en equipo, marcando 49:50 en una carrera de 10,2km y el segundo lo alcancé hace unos pocos días en Córdoba.

El maratón es, sin dudas, la prueba madre del running, la distancia con la que nace todo esto, el objetivo máximo. A partir de ahí hay carreras más largas y más cortas, pero todas tienen como referencia la prueba inaugurada por Filípides. Y se ve tan hermosa e inalcanzable como la muchacha que nos quitaba el sueño de chicos y no nos animábamos a encararla por temor al rechazo, hasta que un día juntamos coraje y lo hicimos para descubrir que, más allá de lo terrible y difícil que parezca, no estaba fuera de nuestro alcance. Pero hay que laburar para ganársela, como todo aquello que vale la pena en la vida.

Si me pongo a relatar lo que fueron mis primeros 42,195kms el post se me hace eterno, así que sólo me limitaré a contarles mis sensaciones y lo que significó conseguirlo.

Hay personas que uno ve a diario y con los que no puede contar para nada, y amigos con quienes nos cruzamos una o dos veces al año y sabemos que siempre están ahí, dispuestos a lo que sea por uno. Este último caso es el del Teto, un pibe con quien nos habremos visto unas 3 o 4 veces en toda la vida, pero con el que nos tenemos toda la confianza y es un amigo como pocos. Sin su ayuda y compañía durante toda la carrera, mi primer maratón no hubiese resultado tan entretenida y sin dudas, terminarla hubiese sido mucho más complicado.

Dicen que para correr largas distancias hay que entrenar tanto el cuerpo como la mente, y es cierto, a mi me encanta correr en calle precisamente por eso, por la monotonía y el despeje mental que significa estar durante mucho tiempo dándole al asfalto con los propios pensamientos, más allá de las molestias que puedan generarse en el cuerpo, que son inevitables. Es sabido que en un maratón, los dolores, molestias e incomodidad son inevitables, tarde o temprano nos van a llegar, en mi caso aparecieron temprano, promediando el km 12. Todo comenzó con una molestia en la rodilla derecha, a la que no le di importancia y seguí, hasta que en el km 18 me dio una especie de calambre que me hizo saltar en una pata, luego de eso mi pierna derecha quedó como nueva. Diez kilómetros más adelante, en el 28, me pasó lo mismo con la otra pierna, un dolor agudo y luego nada, todo estable.

Unos pocos kilómetros más alla del 30, que hasta ese momento era mi record de distancia, los dolores normales de una carrera larga se fueron intensificando, algunos aparecían y otros se iban, las pantorrillas ardían, los tobillos eran un flan y los brazos me pesaban cada vez más, aunque nada de eso me impedía seguir corriendo ni tampoco me sentía cansado ni falto de aire. Con esto en la cabeza, pasado el km 35 estaba más que confiado en llevar la carrera a buen puerto, sabía que el entrenamiento había resultado y lo que me molestaba era solo muscular, normal luego de más de tres horas de correr sin parar.

Y menciono el 35 porque en ese momento apareció el cuco de la carrera, que en este caso tenía la forma de una cuesta de 500 metros aproximadamente, justo después del temido muro, mencionado hasta el cansancio en toda la bibliografia sobre maratones. Con mi amigo la miramos y la encaramos como si fuese llano, bajando un poco el ritmo para no llevar las pulsaciones por las nubes, y la hicimos sin problemas, mientras pasamos a muchos corredores que iban caminando. Nuevamente, el entrenamiento fue el responsable de salir airosos de esa prueba.

Pero no todo fueron calambres y desafíos físicos y mentales, también tuvimos algún mimo de parte de la organización, como la pasada en el km 20 por el estadio Kempes, al que ingresamos por uno de sus accesos, dimos una vuelta por la pista de atletismo y salimos por otra puerta, justo en la distancia de media maratón, con reloj y toma de tiempo incluidos. Un lindo detalle, que todos quisieron recordar, al punto que varios corredores se pararon para sacarse fotos dentro de la cancha.

Al igual que la primera vez que corrí 21 kilómetros, me había propuesto una serie de metas a cumplir en orden: terminar la carrera, no caminar, no quedar último y tiempo de 4:30, aunque una amiga del team me dijo “vas a hacerla en menos de 4:18”, lo que no me parecía posible por desconocer la distancia, además del planteo conservador que tenía pensado. Pude cumplir con todas: completé la carrera, no caminé (sólo paré un par de veces para ir al baño), quedé por arriba de la mitad de los finishers, y mi tiempo fue de 4:15:59 para los 42,8 kms que me marcó el Garmin, aunque oficialmente la clasificación dice 4:16:27, medio minuto en más de cuatro horas no hacen mucha diferencia.

Me esperaba algo de emoción al cruzar el arco, pero ver el cartel de 41kms me aflojó todo, sabía que ya estaba, que ese último kilómetro lo iba a hacer como sea, aunque tuviera que arrastrarme; luego, salir a la última recta, de 800 metros, con el arco al final y toda la gente alentando a los costados como si uno fuese un gran atleta o un héroe que regresa a casa luego de la batalla, fue demasiado para mi. Hice los últimos 300 metros corriendo fuerte, con la vista nublada, ya no por el agotamiento, mientras las personas que me veían me gritaban cosas muy lindas y mi familia se volvía loca al verme aparecer entre lágrimas. Mis niños se metieron al circuito los últimos 20 metros y cruzaron el arco conmigo, a los gritos, mientras yo me dejaba poner la medalla, sacarme las fotos y me abrazaba a Inés, mariconeando como pocas veces.

Me quedan muchísimos recuerdos y cosas que no conté para no aburrir (más), sólo puedo decir que si estás leyendo esto y te gusta correr, el maratón es un gran objetivo, proponételo y correlo, es único e incomparable. No es tan descabellado como la mayoría se imagina. ¡Si hasta yo pude completarlo!

Dicen que correr es una actividad solitaria, y es cierto la mayoría del tiempo, ya que es uno el que sale a la calle, el que entrena y hace dieta, pero alrededor hay mucha gente que colabora para que lo podamos hacer.

No puedo dejar de agradecer, porque tuve el mejor equipo del mundo, liderado por mi familia, que se banca mis constantes salidas a entrenar, mi cambio de alimentación, los viajes, y siempre estuvieron ahí, firmes al lado mío; Training VIP, con Raúl y Mariana a la cabeza, que me alentaron desde siempre y se alegraron tanto como yo de haber conseguido mi objetivo, que de algún modo, es también el suyo; mis amigos, especialmente Juan “el Tano” que fue mi primer entrenador y el Teto que se la recontra bancó al aguantarme, aún sabiendo que podía ir más rápido y hacer un mejor tiempo, estuvo conmigo durante toda la carrera. Un agradecimiento especial para mi cuñadita Ely, a quien le tocó la parte más difícil: aguantarse al resto de la familia en su casa y hacer de niñera mientras Inés y yo corríamos 🙂

 

Columbia Xtrail América Huerta Grande

El domingo 12 de abril se corrió la Columbia XTrail América en Huerta Grande, Córdoba, y ahí estuvimos con el equipo canario.

Fuimos cerca de veinte integrantes del team, más varios riojanos de otros grupos con los que nos juntamos allá, para participar de una carrera que se presentaba muy atractiva.

Si empiezo a contar todas las peripecias del fin de semana no termino más, así que sólo me voy a centrar en la carrera, cómo viví esos casi 21kms durísimos, y al final una linda anécdota.

Guty by Winitzky
Guty by Winitzky

El horario de partida para las distancias de 21 y 10 kms era a las 9:30. Arrancamos un rato antes con el calentamiento, mientras escuchábamos al animador que nos contaba que los corredores de 42km estaban completando los 21km, minutos antes de nuestra largada (ellos habían comenzado a las 7:30).

Nos agrupamos en la calle de salida, dentrás del arco, saludamos a nuestros compañeros, hicimos señas al drone y esperamos, ansiosos, la cuenta regresiva con los cronómetros en cero.

Ese fue el mejor momento de la primera parte de la carrera, ya que, apenas transcurridos los dos primeros kilómetros me empecé a sentir incómodo, sin dolores físicos ni agitación, sólo la incomodidad que suele aparecer sobre el final de un fondo largo o una carrera dura.

Y no es que haya largado a lo loco ni nada por el estilo, iba acelerando donde se podía y hasta donde sé que puedo llegar sin romperme, y frenando cuando el circuito lo exigía y nos obligaba a ponernos en fila para pasar por algún sendero angosto. Esas frenadas y cambios constantes de velocidad puede que me hayan molestado, aunque las pasadas por el río, que se hacían a un ritmo lento, eran como un bálsamo para las piernas.

Trataba de encontrar la causa de mi malestar y no lo lograba, me puse muy fastidioso conmigo mismo, miraba al piso y puteaba, encima a los 8kms me tropiezo (una vez más, porque ya venía pateando piedras desde hacía rato) y me destrozo la uña del dedo gordo del pie derecho. Me saltaron las lágrimas, pero más de rabia que de dolor. Afortunadamente, siempre hay un amigo que te alienta y te pregunta cómo estás.

Logré completar esa vuelta de 10kms, donde pasamos a pocos metros del lugar de partida y nos desviamos hacia lo que en la previa pintaba como la parte dura de la carrera. Yo ya iba bastante golpeado mentalmente, con un ritmo de porquería y el último de mis compañeros se me había alejado hacía rato, entonces fue cuando todo cambió.

Promediaba la carrera y estaba haciendo un papelón, aunque nadie me lo iba a reprochar, solamente yo, y no dejaba de renegar por mi falta de energía. Había tocado fondo, era mi peor desempeño en carrera (sin contar la de mi debut) y no había modo de arruinarlo más, así que de ahí en más, sólo me quedaba mejorar.

Me dije que no podía pretender demasiado siendo que estaba entrenando para otra cosa, mi objetivo son los 42k de Córdoba dentro de tres semanas y mi entrenamiento de los últimos meses está enfocado a esa carrera, haciendo fondos muy largos y con mucho más volumen del recomendado para correr 21k. En el último mes, todas las semanas estuve corriendo unos 70kms, con fondos por encima de los 20km (hace dos semanas fueron casi 30 y el fin de semana anterior 24). Nunca bajé el ritmo de laburo, como suele hacerse antes de la competencia, así que llegaba agotado, quizás sobre entrenado para esta carrera.

Tal vez sean puras excusas, pero decidí tomarme con mucha calma lo que restaba del circuito y pensar la carrera como parte del entrenamiento para Córdoba, “hacela como un fondo, duro, muy duro, pero un fondo al fin” y así continué.

Llegué a la parte dura del circuito, calmándome solo y pensando en disfrutar lo que restaba, lo malo ya lo había hecho, vamos a tratar de pasarla bien, aunque duela, si al final de cuentas, de eso se trata todo este asunto, disfrutar en el dolor, el agotamiento es lo que nos alimenta y parece que funcionó porque reencontrarme con esa sensación. Curiosamente, en la subida de casi 4kms fue donde mejor me sentí y recuperé varias posiciones, pasé a mucha gente caminando y disfruté de la vista, sin descuidarme de lo principal: estaba corriendo una carrera muy dura y debía completarla lo más dignamente posible.

Era casi el km 15 cuando llegamos a la cima del cerro, me tomé un par de segundos para mirar el paisaje y la larga fila de corredores que todavía estaban subiendo, pensé “ya tenemos 3/4 de la carrera adentro, no te preocupes por lo que falta y alegrate por lo que ya hiciste”, y me largué a la bajada. No soy bueno bajando, debo confesarlo, me cuesta mucho eso de mirar constantemente hacia abajo y mucho más tener que pisar con los talones, pero me doy maña. Además no quedaba otra, eran más de tres kilómetros de descenso hasta llegar a la calle y de ahí al final del circuito.

En la bajada, mientras me llenaba de espinas por agarrarme a las plantas y pateaba más piedras, pasé a algunos corredores y otros tantos me pasaron a mi.

Llegamos al río y lo cruzamos innumerables veces, tanto que el agua que antes agradecía, ahora me molestaba. Tanto líquido hizo que se corriera la plantilla y se me arrugue en la punta de la zapatilla, lo que seguramente me iba a producir una ampolla. Arreglar eso me iba a tomar unos pocos segundos, pero ya no quería perder más tiempo y seguí así hasta el final.

Al salir a la calle me reencontré conmigo mismo. Los que me conocen, saben que en la calle me siento más a gusto, corriendo a un ritmo parejo, con la cabeza levantada, sin prestar demasiada atención al terreno, con la monotonía del camino adelante y atrás, dejando volar los pensamientos.

Aproveché los últimos dos kilómetros de calle para correr a gusto, a un ritmo constante, no muy rápido porque ya no tenía con qué acelerar, pero sí parejo. Fue entonces cuando mejor me sentí, en el final de la carrera, cuando en teoría es el peor momento, yo la estaba disfrutando, finalmente, y así fue que terminé metiendo un sprint de más de 200 metros y llegué corriendo, sonriendo, feliz de haber logrado sobreponerme a las circunstancias, propias y ajenas.

Fue muy lindo estar terminando y sentir esa sensación del deber cumplido, especialmente en los últimos metros, con mis amigos alentándome, sacándome fotos y gritándo “bien Guty, vamos!” aún sabiendo que no había sido una buena carrera para mi.

Crucé el arco, recibí mi botella de isotónica y la medalla mejor ganada de todas las que tengo, la que más me costó y por eso sé que me la merezco; saludé a mis amigos y rajé derecho al baño porque se me había aflojado todo en el final 🙂

El Garmin me marcó 1:51:02, pero sabía que era un poco menos porque me olvidé de detenerlo al cruzar la meta, al revisar el tiempo oficial vi que fue 1:49:35, posición 120 de la general de 21kms y puesto 44 en la categoría masculina 30-39, lejos de lo que podría haber hecho en un buen día, pero mucho mejor de lo que me esperaba de acuerdo a como se dio la carrera.

Pasaron muchas cosas lindas y otras no tantas durante todo el fin de semana, volvimos a La Rioja cargados de anécdotas y lindas sensaciones, algunos rengos, otros insolados, la mayoría cansados, con ganas de comer y beber hasta reventar, pero sabiendo que hay equipo, que tenemos aguante y siempre podemos contar unos con otros.

Anécdota: el día anterior a la carrera, fuimos a llevar al padre de dos de los chicos a su hotel. Al regresar, encontramos a un flaco con una mochila enorme caminando por la orilla de la calle, lo miramos y vemos que es uno de los fotógrafos de la carrera, así que nos ofrecemos a llevarlo ya que íbamos al mismo lugar, porque yo todavía tenía que retirar mi kit.
El chico se sube y nos dice que más adelante va su compañero, que está medio rengo, si podemos acercarlo a él también. Cuando alcanzamos al otro muchacho, nos damos con que era nada más y nada menos que Diego Winitzky, un fotógrafo de otra galaxia, un tipo al que admiro muchísimo y, para mi, es el mejor en su rubro.

Conversamos un rato en el auto, nos contó que estaba lesionado de la rodilla por un laburo anterior, lo invitamos a La Rioja, y le pedimos que nos haga buenas tomas durante la carrera, a lo que nos respondió “¡Por supuesto! Cuando me vean, me gritan ‘pelado, somos los chicos del auto’ así me doy cuenta“.

Ya el domingo, durante la carrera, me lo crucé varias veces y creo que en todas me disparó, me daba cosa molestarlo, debe estar harto de gente que le hace señas y le pide fotos, así que solo le grité “grande Diego!” en una ocasión y me respondió el saludo, creo que fue en el momento de la foto que ilustra este post (que espero no me la hagan quitar).

Muchos cholulean con los corredores de elite, yo con los fotógrafos y tuve la suerte de conocer a uno de mis ídolos, todo gracias a una carrera que padecí como nunca, pero me dejó varias buenas sensaciones.

Herencia involuntaria

Hace unos días, como suele suceder mientras corro distancias largas, mis pensamientos se desvincularon por completo del cuerpo, el cansancio y la ansiedad del saber cuánto tiempo o kilómetros me faltaban, y me llevaron a pensar en las herencias.

No me refiero a las herencias materiales sino a aquellas que recibimos y transmitimos de manera involuntaria, cosas que van en los genes o enseñamos (y aprendemos) sin darnos cuenta.

Por ejemplo, y más allá de lo físico, Inés menciona habitualmente (y no siempre para bien) lo mucho que Ezequiel se parece a mi. Y está bueno eso de verse reflejado en sus hijos, que ellos quieran ser como uno y nos imiten, aunque a veces no copien la mejor faceta de nuestra personalidad.

Entre las boludeces características que compartimos con mi hijo mayor, en estos momentos me vienen a la memoria lo nerd que podemos llegar a ser, lo poco sociables, la falta de empatía, como disfrutamos nuestro tiempo a solas, el ateísmo, la alergia al trabajo físico, la necesidad de racionalizar todo (TODO!), la memoria para las boludeces (diálogos de series, números, fechas), y otras pavadas similares que no se las enseñé pero que él tiene tanto o más que yo. Es posible que sí se lo haya transmitido con mi comportamiento y actitudes pero, en general, me relaciono de manera similar con mis tres niños y sólo Eze tomó esas características. O quizás no se lo haya legado con mi comportamiento sino con mi parte del código genético, que lo predispuso a absorber lo que el ambiente (personalizado en su padre) le brindaba.

Obviamente, mis otros hijos también tienen algunas cosas mías, como Gabi que le encanta practicar deportes y Ludmila, que puede pasarse el día entero jugando sola en su habitación, recortando papelitos, como yo lo hacía de niño (aunque en mi caso medio que no me quedaba otra por ser hijo único), pero de los tres, Ezequiel es quién más herencia intangible tiene de mi parte.

Pero retrocedamos un poco en la cascada hereditaria porque como dije al principio, uno puede transmitir y recibir algún tipo de legado sin saberlo. Y si hablamos de no saber lo que se tiene, les cuento dos hechos en primera persona.

El primero data ya de varios años, cuando todavía estaba estudiando en la universidad y, por alguna razón, se me despertó el interés por la literatura de ciencia ficción, fantasía, terror. Aclaro que siempre fui bastante ñoño y me volvía loco con las películas y series de esos géneros, también leía mucho, pero nunca había combinado las dos cosas. Como me pasa siempre que me entusiasmo con algo, leer ciencia ficción se convirtió en una obsesión, tenía que saber todo, conseguir todos los libros y así fue que llegué a la fantasía, mitología e historia, porque de algún modo todo se relaciona. Mi mamá, al verme tan metido en los textos no universitarios, lejos de preocuparse, me dijo que tenía guardados varios libros que habían pertenecido a mi papá y que ella nunca leyó, que si quería verlos por las dudas encontrara algo interesante. ¡Y claro que lo encontré! Entre los libros de mi papá (que no eran muchos) había dos que no se me podían escapar, uno sobre mitología y otro de H. Rider Haggard, que ya mencioné hace mucho tiempo. O sea que mi viejo era un lector aficionado a la mitología y novelas de aventura y fantasía y yo ni enterado.

Lo segundo, es más reciente y tiene que ver con mi nueva pasión.

Desde hace poco más de un año y medio, empecé a correr como medio para adelgazar un poco porque el peso se me había disparado y mi cintura era prácticamente inexistente. Al cabo de unos meses, y habiendo logrado el objetivo primario por el que comencé a correr, decidí ir un poco más allá y alcanzar los diez kilómetros, gracias al entusiasmo que me invadió luego haber corrido mi primera carrera (participativa de tres kilómetros). Otra meta alcanzada y me anoté para correr veintiún kilómetros cuando apenas podía llegar a los diez kilómetros sin morir de agotamiento, pero eso le daba un sabor especial porque tenía un par de meses para prepararme. Y así lo hice, logrando correr mis primeras dos medias maratones con tres semanas entre ellas.

Julio FuentesLlegado este punto, decidí frenar con la distancia, ponerme un poco más serio y entrenar como corresponde para mejorar mis tiempos y resistencia, por lo que me anoté en un grupo de entrenamiento. Ahí conocí a mucha gente que hoy son mis amigos y con los que compartimos muchísimas experiencias inolvidables, viajamos varias veces, corrimos juntos muchas más e hicimos algunas locuras que en mis inicios no hubiese creído posibles. Porque antes de abril de 2013 yo no corría ni riesgos (?) y hoy en un entrenamiento promedio hago quince kilómetros y todavía tengo aire para algunos más. Y más allá del entrenamiento, que es lo que ayuda a aguantar y le enseña al cuerpo cómo debe soportar la carga, está la parte mental, que es la más importante, las ganas, el querer salir a correr aunque se esté cansado y duelan las piernas, el lamentarse cuando no se puede entrenar y renegar de las lesiones que nos hacen perder días. Yo no sabía que tenía eso dentro mío y no me explicaba cómo fue que esa pasión latente se me despertó.

Hace unos días, mi mamá (sí, de nuevo ella) me llevó esta foto y me dijo “Mirá, ese es tu papá cuando tenía veintipico y ganó una carrera en el puerto. El también corría maratones.” (en realidad yo no tengo ni un solo maratón, pero no era momento de ponerme a explicar).

Julio Fuentes

Siempre nos quedará París

je t'aimeDisclaimer: este post está dedicado exclusivamente a Inés, los demás pueden leerlo o dejarlo pasar, no me voy a ofender 🙂

El título de la entrada es una mala traducción de una frase de Casablanca que se volvió parte de la cultura popular, y se utiliza en diversas circunstancias.

En este caso no es para minimizar alguna situación desagradable ni contrastar una realidad poco feliz con el recuerdo de un pasado mejor, sino que me sirve para ilustrar la efeméride personal de hoy.

Y es que en este día se cumplen 22 años desde que comenzó mi vida de a dos (ahora somos cinco) y de ahí en más todo fue para arriba, con momentos lindos y no tanto, pero siempre con alguien al lado para acompañarme en el festejo o darme consuelo, sin mencionar los tres soles que nos alegran a diario.

No quiero ponerme (mas) cursi así que la corto acá y te dejo esta canción muy linda de Carla Bruni, cuya letra dice (no te preocupes, en el video está en español):

Quelqu’un qui m’a dit

On me dit que nos vies ne valent pas grand chose,
Elles passent en un instant comme fanent les roses.
On me dit que le temps qui glisse est un salaud
que de nos chagrins
Il s’en fait des manteaux pourtant quelqu’un m’a dit…

Que tu m’aimais encore,
C’est quelqu’un qui m’a dit que tu m’aimais encore.
Serais ce possible alors ?

On me dit que le destin se moque bien de nous
Qu’il ne nous donne rien et qu’il nous promet tout
Parais qu’le bonheur est à portée de main,
Alors on tend la main et on se retrouve fou
Pourtant quelqu’un m’a dit …

Que tu m’aimais encore,
C’est quelqu’un qui m’a dit que tu m’aimais encore.
Serais ce possible alors ?

Mais qui est ce qui m’a dit que toujours tu m’aimais?
Je ne me souviens plus c’était tard dans la nuit,
J’entend encore la voix, mais je ne vois plus les traits
“il vous aime, c’est secret, lui dites pas que j’vous l’ai dit”
Tu vois quelqu’un m’a dit…

Que tu m’aimais encore, me l’a t’on vraiment dit…
Que tu m’aimais encore, serais ce possible alors ?

On me dit que nos vies ne valent pas grand chose,
Elles passent en un instant comme fanent les roses
On me dit que le temps qui glisse est un salaud
Que de nos tristesses il s’en fait des manteaux,
Pourtant quelqu’un m’a dit que…

Que tu m’aimais encore,
C’est quelqu’un qui m’a dit que tu m’aimais encore.
Serais ce possible alors ?