Cuando tenía catorce o quince años, a principios de la década pasada, se puso de moda un deporte bastante particular que medio nos identifica y en el que los argentinos somos los más grosos del mundo: el padel (en ese entonces se escribía paddle, pero actualmente la palabra castellanizada se escribe como se pronuncia).
Obviamente, como todo adolescente que consume lo que le venden, yo también me prendí en la oleada del jueguito nuevo, especialmente al notar que tenía cierto talento para la paleta, cosa que no sucedía con los botines. Jugaba con mis compañeros de la escuela secundaria y algún amigo, luego la cosa se puso más linda y empecé a conocer otras personas que también jugaban, con quienes sólo tenía en común la actividad deportiva. Me resultaba bastante gratificante el hecho que uno era más o menos conocido dentro de la actividad, y el juego me apasionaba cada vez más, aprendí a jugar mejor y mis compañeros de padel fueron mutando.
Luego pasó la moda y muchos vimos con tristeza como se cerraban los complejos, las canchas caían en el descuido y muchas personas dejaban de jugar. Aunque algunos lo seguimos haciendo porque nos gustaba el deporte y su ambiente.
Tuve una muy buena época donde el padel era muy importante para mi, jugaba torneos, iba a la cancha casi a diario y hasta tengo algunos trofeos de mi período de deportista
Luego tuve que dejar de jugar un poco para ponerme al día en la universidad, siguieron un par de lesiones (nada grave) y, claro, las responsabilidades de la vida adulta. Sin embargo con mis amigos seguimos jugando cada fin de semana desde hace más de diez años (actualmente lo seguimos haciendo), a veces con más o menos gente, pero los habituales somos más o menos los mismos de antes.
Hace unos meses, mi primo Víctor, de diecisiete años, comenzó a jugar regularmente y me invitó a prenderme a unos partidos con sus amigos. Grande fue mi sorpresa al descubrir que mi primito tenía madera para el padel, técnica natural, visión de juego, garra. Al poco tiempo ya había dejado muy atrás a sus compañeros y desde hace unas semanas que juega con mis amigos y conmigo, y se la banca muy bien.
El fin de semana que pasó nos metimos a un torneo, el primero para él y la verdad que nos fue bastante bien: llegamos a cuartos de final con grandes chances de semis. Me gustó volver al ruedo aunque sea por un rato, codearme con la gente del padel como lo hacía antes, observar rivales, alentar a los amigos, sentir el apoyo de la gente que hace barra por uno, y todo eso que tenía casi olvidado desde hace bastante tiempo.
El torneo fue tranquilo, apenas un campeonato interno del club donde jugamos regularmente, pero las ganas y la emoción fueron las mismas que sentía cuando jugaba en tercera, hace como diez años.
Que groso, no hay nada mejor que amar el deporte que uno practica. Es muy gratificante poner garra en el juego “por amor al arte” aunque no siempre termine como uno esperaba, o deseaba.
Ultimamente el único deporte que practico es lavado y planchado. ¿Qué? ¿no califica?
Halle, en eso estamos de acuerdo. Siempre me gustó practicar deportes, aunque sólo sea más o menos bueno en el padel.
Gin, no sé, tiene que resultar placentero.
¡Hasta el mundial del padel siempre!!!
Besos y victorias
Soy testigo de lo que te “justa” el padel ;O)
Yo tmb iba a decir algo de su “justo” por el padel, pero me perdí en la mariconería del orgullo por el deporte y me olvidé.
No sé de qué hablan
y yo que soy la clásica pelota que hace gimnasia??? por qué? POR QUÉ no tengo algún deporte??? y lo peor es que soy capaz de hacer gimnasia sola… salir a correr sola… todo sola… que asco! me encantó tu entusiasmo y el descubrimiento de tu primo…