Mis memorias

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La memoria tiene cosas que me sorprenden.

No tengo idea de la capacidad de almacenamiento de la memoria humana, ni siquiera sé donde se encuentra ubicada ni tampoco entiendo mucho lo de corto, largo plazo o plazo fijo. Lo que sí sé es que la mía es muy selectiva y puede pasar de excelente a pedorra en cuestión de segundos dependiendo lo que quiera o necesite recordar.

Por ejemplo, yo siempre fui buen alumno, lograba buenas notas sin estudiar mucho, aprovechaba las clases para aprender y luego no me hacía falta estar reaprendiendo en casa, salvo que el tema sea largo y complejo; tanto confiaba en mi capacidad de aprendizaje-retención, que nunca me hicieron falta machetes. En realidad los hice, pero eran tan crípticos que no sé si califican como tales: un número anotado en un rincón del banco, una rayita acá, una letra allá, nadie hubiese sospechado de mis ayudamemoria. La cosa es que cuando terminaba de prepararlos ya no me servían porque lo que escribía en el banco se me quedaba grabado a fuego, más que los conceptos de los que me sentía más seguro antes de preparar los garabatos.

Ni hablar de cuando escucho canciones de otras épocas y recuerdo qué hacía por ese entonces, aunque la música que más me gusta nunca la escuché cuando estaba de moda porque era muy chico para apreciarla.

Otra cosa que me llama la atención es la memoria olfativa. Hay olores que retrotraen a mi época de adolescente y me dan ganas de escuchar Roxette o Guns N’ Roses mientras leo la 13/20. Otros directamente despiertan sensaciones de ofuscación, por ejemplo cierto tipo de desodorante de ambientes que usaban en la oficina donde comencé a trabajar hace más de 15 años (una madriguera de burócratas e ignorantes en la que estuve cerca de nueve años).

Un olor distinto que siempre tengo presente y es muy característico, es el de un glade de durazno que usaban a veces en esa misma oficina en un tiempo en el que sabía llevar libros para leer en los tiempos libres para no tener que socializar (así soy de piola). Recuerdo que cuando echaban ese desodorante yo estaba leyendo Dune de Frank Herbert y ahora cada vez que percibo ese aroma en mi memoria puede leerse “olor a Dune”.

Eso sí, hay cosas que nunca puedo recordar como los nombres, rostros y de dónde conozco a algunas personas. Inés siempre me reta en la calle porque a veces pasa que alguien me saluda y yo ni bola porque no tengo idea de quién es, o me habla de alguien y yo en la luna porque no puedo darme cuenta a qué persona se refiere.

Dicen que hay cosas que no se olvidan por más que pase mucho tiempo, como andar en bicicleta, yo lo estoy comprobando con los pañales, paseos en cochecito y el olor a bebé que no parece haberse ido nunca de casa.

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Publicado por Guty   @   22 julio 2009 9 comentarios
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