No me cuadra mucho que se identifique como “La Chaya” al festival de folklore y borrachera que se celebra a fines de febrero en el predio del Club Unión conocido como Estadio del Centro. El festival es eso, y pudo llevar cualquier nombre, pero al celebrarse en fecha coincidente con el carnaval, la identificación de “Festival de la Chaya” está bien, pero “La Chaya” es el festejo tradicional derivado de la leyenda autóctona.
Encima el festival es cualquier cosa. Se juntan miles de personas para emborracharse y armar quilombo, tirarse con lo que encuentren, provocar a la policía, entregarse a la delincuencia, entrarle al sobreprecio. Por ejemplo, el vino en tetra de quinta marca (ni siquiera segunda) y dudosa procedencia, con hielo y harina dentro del recipiente, te lo cobran como si fuese el más fino champagne francés, y ni hablar si te pinta el hambre y querés unas empanadas.
Cuando era niño, fui una vez con mis tíos y mi mamá, de joven fuimos con amigos dos años seguidos y la cosa ya se había puesto un tanto áspera, actualmente no llevaría a mi familia a ese antro ni que me pagaran.
Aunque sí asistimos alguna vez a la celebración chayera que se hace todos los años cerca de casa, porque eso sí es chaya.
La Chaya originalmente fue una celebración híbrida entre lo autóctono y lo importado desde España en tiempos de la conquista. Del lado aborigen, se basa en la leyenda de Chaya, una niña india que estaba enamorada de Pujllay, un príncipe, con quien los ancianos de la tribu no dejaban que concretase su amor, por lo que trataron de impedir por todos los medios la unión entre ambos. Así fue que el pobre Pujllay se dedica a la mala vida y se entrega al vino (o tal vez chicha o añapa) hasta que sufre un terrible accidente y muere quemado. La pobre Chaya (o Chaja) muy dolida por la muerte de su amado, decide marcharse a las montañas donde se convierte en una nube que viene a bañar la tierra y la gente, trayendo la alegría a un territorio que se caracteriza por su sequía.
De ahí surge la celebración tradicional con agua (que viene a representar la lluvia de la india-nube Chaya) y la quema y entierro del muñeco, que representa al mártir Pujllay que murió por amor.
De eso se trata la Chaya riojana. De juntarse a chayar, o sea, tirarse agua y harina, celebrar el ritual de la quema del muñeco, las danzas tradicionales y el vino para matizar el festejo. Es el modo de celebrar el carnaval en La Rioja.
Hoy en día la cosa se desvirtuó convirtiéndose en una excusa para emborracharse y dar rienda suelta al vandalismo, arrojando harina, barro, agua, etc. a cualquiera que pase por la calle o vereda del lugar donde estén celebrando, con el pretexto de “es carnaval”, como si eso fuera justificación suficiente para molestar al prójimo.
Pero, por suerte, aún sobrevive la tradición en algunos barrios donde la gente se dedica a chayar como corresponde, y aunque no suelo participar, es algo que me gusta mucho.
Que linda es La Rioja pa’l tiempo del carnaval!
Si quieren conocer sobre la tradición carnavalera porteña, les recomiendo este post de Ezequiel.
Información Bitacoras.com…
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La esposa del baterista de Callejeros murió quemada en tiempos de carnaval, pero espero que no surjan nuevas tradiciones por esto…
Me gustó mucho el post. La chaya de agua y harina podría ser nuestro equivalente telúrico de la tomatina española y cobrar similar fama (y ganancias). Pero nosotros somos nosotros, y necesitamos arruinarlo todo.
No creo que la pobre chica vaya a convertirse en leyenda, aunque ahora es el rostro de la lucha contra la violencia de género, según pude ver.
No me digas nada… seguro que fue declarado de “interés turístico” ver borrachos durante las celebraciones de la Chaya….
No es mala onda, pero esto era hasta el lunes (el festival terminó ayer).
miren manga culiaw la chaya es el festival mas grande q tenemos en al riojaaaa papá q saben ud si no tienen ni cultura manga de culiaw viva la rioja culiaw….. firma fede para los putos q nos vardean.
Ni hablar, el comentario anterior es más que elocuente.