Perdón, y gracias

José es un amante de los libros, siempre que lo veía estaba con un tomo bajo el brazo y si le daba conversación podía estar largas horas hablando sobre literatura, autores y estilos.

Yo, que siempre fui un lector del tipo turístico, de esos que se acercan a los libros cada tanto como para distraerse un rato, lejos de la voracidad de mi amigo, trataba de llevar la conversación por rumbos en los que me sintiera más a gusto en la mayoría de nuestros encuentros. No porque hablar de letras me resulte tedioso, al contrario, me gusta aprender de los que saben, pero cada vez que charlábamos sobre literatura me sentía muy inferior, como un alumno en su primera clase de idioma extranjero.

Así era el conocimiento y la pasión de José por los libros, podía reducir al catedrático más entrenado a escombros con sus argumentos y bajarse a mi nivel si la situación lo ameritaba, aunque le costaba un terrible esfuerzo, solo perceptible por el modo en que arrugaba los sobres de azúcar ya utilizados que quedaban sobre la mesa del café mientras me explicaba la lectura entre líneas de tal o cual obra.

Hace como un año, y luego de prepararlo durante mucho tiempo, se fue de viaje al exterior por espacio de varios meses en los cuales recorrió gran parte de Europa, en un tour meticulosamente planeado para embeberse de la cultura de esos lugares, aunque personalmente me parecía más un viaje de autodescubrimiento, de encontrarse a sí mismo como ciudadano del mundo.

Gracias a Internet, pudimos enterarnos de sus paseos por Roma, Paris, Madrid y demás ciudades del primer mundo, se notaba su exitación en cada correo electrónico, en cada foto que nos mostraba y en los relatos pormenorizados sobre los sitios que visitaba y la gente que conocía. Podría decirse que la estaba pasando muy bien y que se sentía feliz de haber logrado su objetivo de integrarse en otros ámbitos, hablando nuevos idiomas, fraternizando con desconocidos, empapándose de las costumbres y tradiciones europeas que tanto le atraían.

A su regreso se lo vió con una mezcla de sensaciones, entre feliz y angustiado, se notaba que había vuelto repleto de vivencias que lo hicieron crecer pero a la vez tenía un dejo de preocupación, apenas disimulado por la enorme sonrisa que nos regaló cuando fuimos a recibirlo al aeropuerto.

Confieso que esa fue la última vez que lo vi durante mucho tiempo, supongo que por mi causa, soy casi un esclavo del trabajo, y entre éste y la familia suelo descuidar los demás aspectos de mi vida, como las amistades y el esparcimiento. Aunque tampoco recibí ni una llamada de él en esos días, supuse que también debía estar ocupado tratando de reintegrarse a la sociedad riojana, donde nunca se sintió demasiado a gusto, muchos menos ahora que había conocido culturas totalmente distintas y más cercanas a su ideal.

Hace unos días volví a verlo, de casualidad, mientras paseaba por el centro. Iba caminando, cansinamente, con su habitual libro bajo el brazo. Lo alcancé sin que me advirtiera pero no se sorprendió al verme así de repente y luego de tanto tiempo, lo que me decepcionó un poco. Lo invité a un café y nos pusimos a charlar como siempre, él nunca tenía apuro, por eso me llamó la atención que cada dos palabras miraba hacia los lados, como quien espera algo o alguien, y luego al libro, que dejó sobre la mesa y del que no quitaba su mano izquierda, en un ademán que me recordó a los falsos juramentos que se realizan ante la Biblbia.

Durante la charla, lo interrogué en varias oportunidades para saber qué había sido de su vida pero sus respuestas eran vagas, inconexas, sólo parecía importarle el libro, al que acariciaba constantemente. Por su aspecto, sospeché que desde hacía rato ese libro era su único interés. Entiéndase, José nunca fue una persona que vista a la moda o demasiado preocupado por su apariencia, pero jamás se lo vio desaliñado, sin afeitar o falto de higiene, como ese remedo de mi amigo que estaba frente a mi en el bar.

En un momento, y ya cansado de hablar solo, mi curiosidad y preocupación pudieron más que mis modales y le arranqué el libro de la mano, no sin hacer un considerable esfuerzo. Sus ojos se abrieron como quién se despierta por un grito a media noche, sobresaltado, sorprendido por mi conducta, pestañeó un par de veces, alejó la mano del libro como si fuese una alimaña, se puso de pie y arrojó unos billetes sobre la mesa. Mientras se acomodaba un poco la camisa y el pelo, más largo de lo usual, se le llenaron los ojos de lágrimas, murmuró algo que entendí como “perdón…y gracias” y se fue, abatido y casi corriendo, sin darme la oportunidad de preguntarle qué le pasaba.

Me quedé solo en el bar, con el libro en una mano y la taza en la otra. Apuré el café, pagué lo que faltaba y caminé dos cuadras para tomar el colectivo. Al ver alejarse a José había decidido volver a casa y leer el libro para conocer la razón de tanto alboroto. Apenas subí al colectivo me senté y comencé a leer, era una novela muy bien escrita, de algún autor antiguo (lo deduje por el lenguaje que utilizaba) y que trataba no sé muy bien de qué, le perdí el interés a las pocas páginas. Sin embargo no pude dejarlo, aunque me aburriera sobremanera.

Llegué a casa y continué leyéndo, iba hacia adelante y atrás en las páginas porque me perdía en el relato y tenía que retomar cada tanto, estaba plagado de inconcistencias que me hipnotizaban, me atrapaban desde el negro sobre blanco de las letras obligándome a continuar en una lectura que no me interesaba ni entretenía, al contrario, con cada párrafo mi angustia aumentaba.

Con un tremendo esfuerzo de voluntad logré cerrarlo con un golpe seco, más no pude desprenderme de él, lo llevé al baño, la cocina y el living; siempre bajo mi brazo conteniéndome para no leerlo. Como un adicto en recuperación me prometí solo una dosis diaria, leerlo un rato antes de ir a dormir. Y como un adicto recaí una y otra vez, sin poder jamás acercarme al final.

Dejé de lado muchas cosas por leer el libro, me saltaba las comidas, olvidaba cambiarme de ropa, apenas dormía un par de horas despertándome varias veces durante la noche para hojear el maldito tomo que tenía bajo la almohada, sin embargo el final estaba siempre lejos. Intuía que si lograba acabar la última página mi suplicio terminaría junto con el libro, más nunca avanzaba.

En uno de los pocos momentos de lucidez, entre la lectura obsesiva, llamé a José para preguntarle por el libro, pero no tuve respuesta, nunca estaba en su casa y jamás me atendía el celular. No hacía falta tener demasiada capacidad deductiva para darse cuenta que me estaba evitando. Lo maldije por eso.

El sabía lo que me estaba pasando, ya lo había vivido, y se negaba a ayudarme, aunque ahora que lo pienso un poco más en frío, no lo culpo, yo también estaría aterrado y haría todo lo posible por esquivar este libro y evitar el riesgo de sucumbir a la tentación de volver a leerlo.

Ayer me llegó un mensaje de José, es una nota manuscrita que alguien tiró por debajo de mi puerta. En letra muy prolija, dice “Me estoy yendo de viaje nuevamente a Europa, no puedo verte más mientras tengas el libro, no soportaría su presencia. No me llames, cambié de número. Solo puedo agradecerte por quitármelo y pedirte perdón por entregártelo. José”.

Mis esperanzas se hicieron pedazos, solo puedo intentar terminar el libro o esperar que alguien me lo arranque de las manos, aunque seguramente me resistiré a entregarlo.

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