Columbia Xtrail América Huerta Grande

El domingo 12 de abril se corrió la Columbia XTrail América en Huerta Grande, Córdoba, y ahí estuvimos con el equipo canario.

Fuimos cerca de veinte integrantes del team, más varios riojanos de otros grupos con los que nos juntamos allá, para participar de una carrera que se presentaba muy atractiva.

Si empiezo a contar todas las peripecias del fin de semana no termino más, así que sólo me voy a centrar en la carrera, cómo viví esos casi 21kms durísimos, y al final una linda anécdota.

Guty by Winitzky
Guty by Winitzky

El horario de partida para las distancias de 21 y 10 kms era a las 9:30. Arrancamos un rato antes con el calentamiento, mientras escuchábamos al animador que nos contaba que los corredores de 42km estaban completando los 21km, minutos antes de nuestra largada (ellos habían comenzado a las 7:30).

Nos agrupamos en la calle de salida, dentrás del arco, saludamos a nuestros compañeros, hicimos señas al drone y esperamos, ansiosos, la cuenta regresiva con los cronómetros en cero.

Ese fue el mejor momento de la primera parte de la carrera, ya que, apenas transcurridos los dos primeros kilómetros me empecé a sentir incómodo, sin dolores físicos ni agitación, sólo la incomodidad que suele aparecer sobre el final de un fondo largo o una carrera dura.

Y no es que haya largado a lo loco ni nada por el estilo, iba acelerando donde se podía y hasta donde sé que puedo llegar sin romperme, y frenando cuando el circuito lo exigía y nos obligaba a ponernos en fila para pasar por algún sendero angosto. Esas frenadas y cambios constantes de velocidad puede que me hayan molestado, aunque las pasadas por el río, que se hacían a un ritmo lento, eran como un bálsamo para las piernas.

Trataba de encontrar la causa de mi malestar y no lo lograba, me puse muy fastidioso conmigo mismo, miraba al piso y puteaba, encima a los 8kms me tropiezo (una vez más, porque ya venía pateando piedras desde hacía rato) y me destrozo la uña del dedo gordo del pie derecho. Me saltaron las lágrimas, pero más de rabia que de dolor. Afortunadamente, siempre hay un amigo que te alienta y te pregunta cómo estás.

Logré completar esa vuelta de 10kms, donde pasamos a pocos metros del lugar de partida y nos desviamos hacia lo que en la previa pintaba como la parte dura de la carrera. Yo ya iba bastante golpeado mentalmente, con un ritmo de porquería y el último de mis compañeros se me había alejado hacía rato, entonces fue cuando todo cambió.

Promediaba la carrera y estaba haciendo un papelón, aunque nadie me lo iba a reprochar, solamente yo, y no dejaba de renegar por mi falta de energía. Había tocado fondo, era mi peor desempeño en carrera (sin contar la de mi debut) y no había modo de arruinarlo más, así que de ahí en más, sólo me quedaba mejorar.

Me dije que no podía pretender demasiado siendo que estaba entrenando para otra cosa, mi objetivo son los 42k de Córdoba dentro de tres semanas y mi entrenamiento de los últimos meses está enfocado a esa carrera, haciendo fondos muy largos y con mucho más volumen del recomendado para correr 21k. En el último mes, todas las semanas estuve corriendo unos 70kms, con fondos por encima de los 20km (hace dos semanas fueron casi 30 y el fin de semana anterior 24). Nunca bajé el ritmo de laburo, como suele hacerse antes de la competencia, así que llegaba agotado, quizás sobre entrenado para esta carrera.

Tal vez sean puras excusas, pero decidí tomarme con mucha calma lo que restaba del circuito y pensar la carrera como parte del entrenamiento para Córdoba, “hacela como un fondo, duro, muy duro, pero un fondo al fin” y así continué.

Llegué a la parte dura del circuito, calmándome solo y pensando en disfrutar lo que restaba, lo malo ya lo había hecho, vamos a tratar de pasarla bien, aunque duela, si al final de cuentas, de eso se trata todo este asunto, disfrutar en el dolor, el agotamiento es lo que nos alimenta y parece que funcionó porque reencontrarme con esa sensación. Curiosamente, en la subida de casi 4kms fue donde mejor me sentí y recuperé varias posiciones, pasé a mucha gente caminando y disfruté de la vista, sin descuidarme de lo principal: estaba corriendo una carrera muy dura y debía completarla lo más dignamente posible.

Era casi el km 15 cuando llegamos a la cima del cerro, me tomé un par de segundos para mirar el paisaje y la larga fila de corredores que todavía estaban subiendo, pensé “ya tenemos 3/4 de la carrera adentro, no te preocupes por lo que falta y alegrate por lo que ya hiciste”, y me largué a la bajada. No soy bueno bajando, debo confesarlo, me cuesta mucho eso de mirar constantemente hacia abajo y mucho más tener que pisar con los talones, pero me doy maña. Además no quedaba otra, eran más de tres kilómetros de descenso hasta llegar a la calle y de ahí al final del circuito.

En la bajada, mientras me llenaba de espinas por agarrarme a las plantas y pateaba más piedras, pasé a algunos corredores y otros tantos me pasaron a mi.

Llegamos al río y lo cruzamos innumerables veces, tanto que el agua que antes agradecía, ahora me molestaba. Tanto líquido hizo que se corriera la plantilla y se me arrugue en la punta de la zapatilla, lo que seguramente me iba a producir una ampolla. Arreglar eso me iba a tomar unos pocos segundos, pero ya no quería perder más tiempo y seguí así hasta el final.

Al salir a la calle me reencontré conmigo mismo. Los que me conocen, saben que en la calle me siento más a gusto, corriendo a un ritmo parejo, con la cabeza levantada, sin prestar demasiada atención al terreno, con la monotonía del camino adelante y atrás, dejando volar los pensamientos.

Aproveché los últimos dos kilómetros de calle para correr a gusto, a un ritmo constante, no muy rápido porque ya no tenía con qué acelerar, pero sí parejo. Fue entonces cuando mejor me sentí, en el final de la carrera, cuando en teoría es el peor momento, yo la estaba disfrutando, finalmente, y así fue que terminé metiendo un sprint de más de 200 metros y llegué corriendo, sonriendo, feliz de haber logrado sobreponerme a las circunstancias, propias y ajenas.

Fue muy lindo estar terminando y sentir esa sensación del deber cumplido, especialmente en los últimos metros, con mis amigos alentándome, sacándome fotos y gritándo “bien Guty, vamos!” aún sabiendo que no había sido una buena carrera para mi.

Crucé el arco, recibí mi botella de isotónica y la medalla mejor ganada de todas las que tengo, la que más me costó y por eso sé que me la merezco; saludé a mis amigos y rajé derecho al baño porque se me había aflojado todo en el final 🙂

El Garmin me marcó 1:51:02, pero sabía que era un poco menos porque me olvidé de detenerlo al cruzar la meta, al revisar el tiempo oficial vi que fue 1:49:35, posición 120 de la general de 21kms y puesto 44 en la categoría masculina 30-39, lejos de lo que podría haber hecho en un buen día, pero mucho mejor de lo que me esperaba de acuerdo a como se dio la carrera.

Pasaron muchas cosas lindas y otras no tantas durante todo el fin de semana, volvimos a La Rioja cargados de anécdotas y lindas sensaciones, algunos rengos, otros insolados, la mayoría cansados, con ganas de comer y beber hasta reventar, pero sabiendo que hay equipo, que tenemos aguante y siempre podemos contar unos con otros.

Anécdota: el día anterior a la carrera, fuimos a llevar al padre de dos de los chicos a su hotel. Al regresar, encontramos a un flaco con una mochila enorme caminando por la orilla de la calle, lo miramos y vemos que es uno de los fotógrafos de la carrera, así que nos ofrecemos a llevarlo ya que íbamos al mismo lugar, porque yo todavía tenía que retirar mi kit.
El chico se sube y nos dice que más adelante va su compañero, que está medio rengo, si podemos acercarlo a él también. Cuando alcanzamos al otro muchacho, nos damos con que era nada más y nada menos que Diego Winitzky, un fotógrafo de otra galaxia, un tipo al que admiro muchísimo y, para mi, es el mejor en su rubro.

Conversamos un rato en el auto, nos contó que estaba lesionado de la rodilla por un laburo anterior, lo invitamos a La Rioja, y le pedimos que nos haga buenas tomas durante la carrera, a lo que nos respondió “¡Por supuesto! Cuando me vean, me gritan ‘pelado, somos los chicos del auto’ así me doy cuenta“.

Ya el domingo, durante la carrera, me lo crucé varias veces y creo que en todas me disparó, me daba cosa molestarlo, debe estar harto de gente que le hace señas y le pide fotos, así que solo le grité “grande Diego!” en una ocasión y me respondió el saludo, creo que fue en el momento de la foto que ilustra este post (que espero no me la hagan quitar).

Muchos cholulean con los corredores de elite, yo con los fotógrafos y tuve la suerte de conocer a uno de mis ídolos, todo gracias a una carrera que padecí como nunca, pero me dejó varias buenas sensaciones.

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