Mi nombre y el de mis hijos

Mi nombre completo tiene dos nombres (valga la rebuznancia) y dos apellidos. Es de la época donde el doble apellido lo usaban los dotores y abogados (no son lo mismo) y todos lo cargaban a mi viejo, a quién le pareció justo que yo lleve también el apellido de mi madre, algo con lo que estoy de acuerdo, aunque uso más el suyo e incluso me puse a investigar su linaje.

Y antes que pregunten, mis nombres son César y Gustavo, en ese orden. César por mi viejo (Julio César) y Gustavo por mi abuelo, según supieron contarme cuando tuve edad para interrogar.

Por alguna razón que desconozco, todos me llamaron siempre por mi segundo nombre y sus derivados como “Gus”, “Gusty” y “Guty”, el más usado y con el que mejor me identifico. Es más, cuando alguien me pregunta por mi segundo nombre le digo que es Gustavo y no me creen, será que el estándar es utilizar el primero. Además no tengo cara de César, ese es mi tío 😀

Toda esta introducción surge a raiz de algo que hablábamos el otro día con algunas personas de Twitter y tiene que ver con los nombres que uno le pone a sus hijos.

Algunos se zarpan y llaman a sus hijos de maneras poco ortodoxas, otros le ponen nombres ilegibles, palabras de idiomas perdidos en la profundidad del tiempo y lo peor de todo, los bautizan igual que ellos. Y no me refiero a casos como el mío que llevo el segundo nombre de mi padre (y primero mío), sino a personas que llaman a sus hijos exactamente igual que ellos mismos, privándoles de una porción de su identidad al obligarlos a utilizar el “hijo” como un segundo o tercer apellido.

Tampoco es que mis hijos tengan los mejores nombres que existen, pero son únicos en la familia, no los heredaron de ningún pariente y si algún conocido comparte nombre con ellos es de pura casulidad, nada de homenajes en el documento de mis niños.