Herencia involuntaria

Hace unos días, como suele suceder mientras corro distancias largas, mis pensamientos se desvincularon por completo del cuerpo, el cansancio y la ansiedad del saber cuánto tiempo o kilómetros me faltaban, y me llevaron a pensar en las herencias.

No me refiero a las herencias materiales sino a aquellas que recibimos y transmitimos de manera involuntaria, cosas que van en los genes o enseñamos (y aprendemos) sin darnos cuenta.

Por ejemplo, y más allá de lo físico, Inés menciona habitualmente (y no siempre para bien) lo mucho que Ezequiel se parece a mi. Y está bueno eso de verse reflejado en sus hijos, que ellos quieran ser como uno y nos imiten, aunque a veces no copien la mejor faceta de nuestra personalidad.

Entre las boludeces características que compartimos con mi hijo mayor, en estos momentos me vienen a la memoria lo nerd que podemos llegar a ser, lo poco sociables, la falta de empatía, como disfrutamos nuestro tiempo a solas, el ateísmo, la alergia al trabajo físico, la necesidad de racionalizar todo (TODO!), la memoria para las boludeces (diálogos de series, números, fechas), y otras pavadas similares que no se las enseñé pero que él tiene tanto o más que yo. Es posible que sí se lo haya transmitido con mi comportamiento y actitudes pero, en general, me relaciono de manera similar con mis tres niños y sólo Eze tomó esas características. O quizás no se lo haya legado con mi comportamiento sino con mi parte del código genético, que lo predispuso a absorber lo que el ambiente (personalizado en su padre) le brindaba.

Obviamente, mis otros hijos también tienen algunas cosas mías, como Gabi que le encanta practicar deportes y Ludmila, que puede pasarse el día entero jugando sola en su habitación, recortando papelitos, como yo lo hacía de niño (aunque en mi caso medio que no me quedaba otra por ser hijo único), pero de los tres, Ezequiel es quién más herencia intangible tiene de mi parte.

Pero retrocedamos un poco en la cascada hereditaria porque como dije al principio, uno puede transmitir y recibir algún tipo de legado sin saberlo. Y si hablamos de no saber lo que se tiene, les cuento dos hechos en primera persona.

El primero data ya de varios años, cuando todavía estaba estudiando en la universidad y, por alguna razón, se me despertó el interés por la literatura de ciencia ficción, fantasía, terror. Aclaro que siempre fui bastante ñoño y me volvía loco con las películas y series de esos géneros, también leía mucho, pero nunca había combinado las dos cosas. Como me pasa siempre que me entusiasmo con algo, leer ciencia ficción se convirtió en una obsesión, tenía que saber todo, conseguir todos los libros y así fue que llegué a la fantasía, mitología e historia, porque de algún modo todo se relaciona. Mi mamá, al verme tan metido en los textos no universitarios, lejos de preocuparse, me dijo que tenía guardados varios libros que habían pertenecido a mi papá y que ella nunca leyó, que si quería verlos por las dudas encontrara algo interesante. ¡Y claro que lo encontré! Entre los libros de mi papá (que no eran muchos) había dos que no se me podían escapar, uno sobre mitología y otro de H. Rider Haggard, que ya mencioné hace mucho tiempo. O sea que mi viejo era un lector aficionado a la mitología y novelas de aventura y fantasía y yo ni enterado.

Lo segundo, es más reciente y tiene que ver con mi nueva pasión.

Desde hace poco más de un año y medio, empecé a correr como medio para adelgazar un poco porque el peso se me había disparado y mi cintura era prácticamente inexistente. Al cabo de unos meses, y habiendo logrado el objetivo primario por el que comencé a correr, decidí ir un poco más allá y alcanzar los diez kilómetros, gracias al entusiasmo que me invadió luego haber corrido mi primera carrera (participativa de tres kilómetros). Otra meta alcanzada y me anoté para correr veintiún kilómetros cuando apenas podía llegar a los diez kilómetros sin morir de agotamiento, pero eso le daba un sabor especial porque tenía un par de meses para prepararme. Y así lo hice, logrando correr mis primeras dos medias maratones con tres semanas entre ellas.

Julio FuentesLlegado este punto, decidí frenar con la distancia, ponerme un poco más serio y entrenar como corresponde para mejorar mis tiempos y resistencia, por lo que me anoté en un grupo de entrenamiento. Ahí conocí a mucha gente que hoy son mis amigos y con los que compartimos muchísimas experiencias inolvidables, viajamos varias veces, corrimos juntos muchas más e hicimos algunas locuras que en mis inicios no hubiese creído posibles. Porque antes de abril de 2013 yo no corría ni riesgos (?) y hoy en un entrenamiento promedio hago quince kilómetros y todavía tengo aire para algunos más. Y más allá del entrenamiento, que es lo que ayuda a aguantar y le enseña al cuerpo cómo debe soportar la carga, está la parte mental, que es la más importante, las ganas, el querer salir a correr aunque se esté cansado y duelan las piernas, el lamentarse cuando no se puede entrenar y renegar de las lesiones que nos hacen perder días. Yo no sabía que tenía eso dentro mío y no me explicaba cómo fue que esa pasión latente se me despertó.

Hace unos días, mi mamá (sí, de nuevo ella) me llevó esta foto y me dijo “Mirá, ese es tu papá cuando tenía veintipico y ganó una carrera en el puerto. El también corría maratones.” (en realidad yo no tengo ni un solo maratón, pero no era momento de ponerme a explicar).

Julio Fuentes

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Luego de un fin de semana recontra largo, de cuatro días al pedo de descanso, volvemos a las actividades para reencontrarnos con nuestros compañeros de trabajo y brindarnos los saludos que no nos dimos el 1° de mayo (?)

Que lindo…

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¿Aceptarías a tus padres en Facebook?

Uno de los terrores modernos para los jóvenes (y no tanto) es que sus padres aparezcan entre sus contactos en las redes sociales.

Porque una cosa es intercambiar mensajes y fotos vía mail y otra muy distinta que los progenitores puedan leer las barbaridades que uno escribe en Twitter o Facebook.

Hasta hace un tiempo estaba de un lado de la cuestión, actualmente estoy del otro y tengo a mi hijo mayor como contacto de Facebook, lo que me obliga a cuidarme un poquito de lo que digo-muestro por ahí.

Vía TIC Beat.

Padres en Facebook

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Ultimo lunes de febrero, comienzan las clases y todos de vuelta a las corridas para llevar a los niños temprano antes que el tráfico se convierta en un caos…siempre y cuando los docentes no estén de paro.

Al momento de escribir esto, domingo por la tarde, todavía no sabemos si los chicos van a tener clases o no.

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  • Vos no entendés porque no tenés…¡Sentido común! (Marina en lo de Fabio).

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Sí!! Por fin diciembre!

Que se yo, todos andan alborotados y contentos porque se termina el año y se acerca el fin del mundo y yo no quiero ser menos.

Acá lo vuestro:

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El deporte de mis niños

Nunca fui bueno para el fútbol, es más, soy asquerosamente malo, al básquet aprendí a jugar a los 19 años y tampoco era muy bueno, en lo único que logré defenderme un poquito fue en el tenis (apenas), aunque mi deporte es el padel, por algo lo practico desde hace tanto tiempo.

Hasta que descubrí el padel, a los quince años, mi vida deportiva era casi inexistente, salvo karate-do (que no lo practicaba como deporte sino más bien por su contenido “filosófico”), que hice durante tres o cuatro años desde los doce, los deportes no eran lo mío, no porque no me gusten sino que nunca fui bueno en ellos, a pesar que siempre me mantuve activo. Practiqué de todo, desde gimnasia deportiva (no se rían) hasta baseball (en serio, no se rían) y siempre disfruté de ver actividades deportivas en vivo o por televisión, si hasta me ponía a ver los partidos del barrio que se armaban en la cancha frente a la casa de mi mamá (donde hoy hay un enorme supermercado).

Mis hijos me conocieron con la paleta en la mano así que desde chiquitos están acostumbrados a que el deporte es parte de la vida cotidiana, ya sea practicándolo o viendo como lo practican los demás. Pero el padel no parece despertar mucho interés en ninguno de los enanos, si nos ponemos a jugar los dos se prenden pero no se les ve demasiado interés, en cambio, sí les gustan otros deportes.

Cuando eran más chicos los mandé un tiempo a karate porque Eze quería ir y Gabi se prende en todo lo que haga su hermano, lo hacían bien pero parece que terminó aburriéndolos, luego hicieron natación, donde mi niño mayor logró sorprenderme por la facilidad con que aprendió a nadar en poco tiempo, Gabi siempre se quejaba que le hacía frío 🙂

Llegó el invierno y los enanos dejaron la pileta para dedicarse a otras actividades, ahora Ezequiel juega al fútbol y Gabriel al básquet.

Lo de Eze es más terapéutico que otra cosa, lo ayuda a relacionarse con otros niños, a establecer vínculos fuera de la escuela y a jugar en equipo, le gusta mucho jugar al fútbol aunque yo no lo veo muy hábil con la pelota, ni es de los que ponen garra como para compensar, pero al menos se anima a jugar y siempre lo buscan cuando hay partidos. Empezó jugando de defensor (de lateral derecho o bien segundo marcador) y ahora el profe lo está probando arriba, abierto a la derecha. A mi me gustaba más como jugaba atrás, pero Ezequiel dice que le gusta más adelante.

Gabriel es un caso aparte, un día dijo que quería ir a básquet y lo llevamos, agarró la pelota y se transformó: es un enano inquieto, va de un lado al otro de la cancha, presiona constantemente, marca, mete tapas a niños más grandes que él, tira con más puntería de la que yo jamás tuve y siempre juega en equipo. A pesar de ser bastante bajito y flaco, es de los que más meten, al borde de la falta.

Ambos han competido en karate, fútbol y básquet para medir fuerzas con otros equipos y su desempeño fue bastante bueno, cosa que a mi me faltó de chico, recién competí en serio cuando de adolescente empezaba a jugar al padel y la verdad que está bueno, uno conoce gente, se hace del ambiente y aprende a manejar la euforia y la frustración que vienen con los resultados.

Si hay algo que me gusta de los profes que les enseñan a mis niños es precisamente eso, los tratan bien, con seriedad pero sabiendo que están formando, deportivamente, a personas que en el futuro reflejarán lo que aprendan hoy.

Y es que el deporte a esa edad se trata de eso, de divertirse, jugar, aprender a compartir, ser respetuoso en la victoria y digno en la derrota, al fin de cuentas en la vida, como en la cancha, se gana casi tanto como se pierde y un empate de visitante es un buen resultado (?)

 

Mi nombre y el de mis hijos

Mi nombre completo tiene dos nombres (valga la rebuznancia) y dos apellidos. Es de la época donde el doble apellido lo usaban los dotores y abogados (no son lo mismo) y todos lo cargaban a mi viejo, a quién le pareció justo que yo lleve también el apellido de mi madre, algo con lo que estoy de acuerdo, aunque uso más el suyo e incluso me puse a investigar su linaje.

Y antes que pregunten, mis nombres son César y Gustavo, en ese orden. César por mi viejo (Julio César) y Gustavo por mi abuelo, según supieron contarme cuando tuve edad para interrogar.

Por alguna razón que desconozco, todos me llamaron siempre por mi segundo nombre y sus derivados como “Gus”, “Gusty” y “Guty”, el más usado y con el que mejor me identifico. Es más, cuando alguien me pregunta por mi segundo nombre le digo que es Gustavo y no me creen, será que el estándar es utilizar el primero. Además no tengo cara de César, ese es mi tío 😀

Toda esta introducción surge a raiz de algo que hablábamos el otro día con algunas personas de Twitter y tiene que ver con los nombres que uno le pone a sus hijos.

Algunos se zarpan y llaman a sus hijos de maneras poco ortodoxas, otros le ponen nombres ilegibles, palabras de idiomas perdidos en la profundidad del tiempo y lo peor de todo, los bautizan igual que ellos. Y no me refiero a casos como el mío que llevo el segundo nombre de mi padre (y primero mío), sino a personas que llaman a sus hijos exactamente igual que ellos mismos, privándoles de una porción de su identidad al obligarlos a utilizar el “hijo” como un segundo o tercer apellido.

Tampoco es que mis hijos tengan los mejores nombres que existen, pero son únicos en la familia, no los heredaron de ningún pariente y si algún conocido comparte nombre con ellos es de pura casulidad, nada de homenajes en el documento de mis niños.